Lunes 15.07.2019

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13/05/2019

Columnas y Opinión

POR BERNARDO STAMATEAS

La pelea como estilo de vida

Todos conocemos a alguien que vive peleando y hasta nos da la sensación que ha hecho de la pelea un estilo de vida. Es lo que comúnmente se denomina un peleador, o una peleadora. Te invito a analizar a continuación los rasgos principales de este tipo de personas:

  • Se sienten impotentes frente a los límites que existen en su vida. Como resultado, siempre están ansiosos y pueden ser hiperactivos.

  • Tienen estallidos emocionales. En el fondo, pretenden alejar a la gente de su lado porque esta les recuerda sus límites, lo cual les molesta. Aquel que grita o se queja todo el tiempo, en realidad, busca alejarnos de su vida.

  • Son pura biología y, por lo tanto, impulsivos. Discuten y se pelean con todo aquel que esté cerca, sea conocido o desconocido. Por eso, rara vez disfrutan de la vida.

  • Viven con amargura. Y llevan esa amargura a sus relaciones interpersonales. Es por eso que los demás, cuando tienen que ver o hablar con un peleador, se preguntan: “¿Cómo se habrá levantado hoy?”.

  • Carecen de recursos para enfrentar las situaciones desafiantes. Por ende, hacen todo lo posible por callar a los otros para que no reaccionen.

Todos los seres humanos, sin excepción, tenemos la capacidad de escoger cómo vamos a reaccionar, qué vamos a decir y cómo nos vamos a relacionar con nuestro entorno. Todos podemos aprender (si no estamos acostumbrados a hacerlo) a mantener nuestras emociones bajo control. Las palabras elegidas sabiamente son útiles para construir puentes con los otros.

Cuando no elegimos palabras de sabiduría, y damos rienda suelta a nuestro enojo, en lugar de construir puentes, construimos muros. Y el muro no nos permite conectar con otras personas. Supongamos que una mamá le dice a su hijo: “Tenés que hacer la tarea, dejá de jugar en la computadora” y el hijo contesta: “Quiero seguir jugando” y no obedece a la madre. La mujer insiste y, como el niño sigue jugando, se enoja y decide llamar al padre para contarle lo sucedido. Le pasa el teléfono y el papá enojado le hace una advertencia: “¡Ya vas a ver cuando yo llegue!”. Los tres se enojaron.

Cuando en una determinada situación, todos ceden a la ira, todos terminan perdiendo. La razón es que, cuando nos movemos con enojo, no somos capaces de construir puentes y levantamos un muro hacia los demás. Si bien el enojo es una emoción normal que nos permite huir o pelear frente a un peligro real, este puede volverse tóxico cuando es muy frecuente e intenso y perdura en el tiempo.

Muchos pasan del enojo continuo a la violencia. E incluso el enojo que es reprimido en el cuerpo, con el tiempo, puede generar alguna enfermedad. Por eso, es fundamental administrar nuestras emociones negativas y aprender a comunicarnos con los demás inteligentemente. Es decir, cuidar nuestra vida emocional y también física. La ira siempre construye muros que nos separan del otro; mientras que el autocontrol no solo nos brinda una mejor calidad de vida sino que además construye puentes que nos acercan unos a otros.



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